Argentina: jóvenes que se entregan al juego de apuestas


Con creciente preocupación se viene observando en los últimos años el aumento de jóvenes que se entregan al juego de apuestas a partir de su mayoría de edad, conducta que tiene el aire de un rito de iniciación que luego puede convertirse en hábito enfermizo. Algo más agrava esa práctica en bingos o casinos: su relación con la llamada "previa" alcohólica, que suele preceder muchas veces a la concurrencia a boliches bailables.

Sorprende, además, que estos comportamientos sean alentados a menudo por miembros mayores de la familia, que obran sin conciencia del riesgo al que exponen a personalidades todavía inmaduras de contraer una ludopatía, mal que se difunde en esas edades en una proporción inquietante: entre el 4 y el 7 por ciento, según estudios realizados en los Estados Unidos.
La ludopatía ha sido definida como un impulso de carácter irreprimible, que se concentra en el juego de apuestas. Se manifiesta aunque exista conocimiento de los perjuicios que origina y es más fuerte que el deseo de inhibirlo. Por lo tanto, se trata de una perturbación en la capacidad de control del sujeto que tiene semejanza con las adicciones, si bien en este caso no hay ingestión de sustancias.
Se ha señalado que tanto la incapacidad para dejar de apostar cuando se está jugando o para no empezar el juego de apuestas son momentos críticos que demuestran cuándo la enfermedad se ha instalado de manera crónica.
En sentido amplio, ese mal afecta la vida familiar, la formación estudiantil, el rendimiento laboral y la conducta sexual, que van quedando relegadas ante el afán dominante de jugar.
Se han descripto una serie de síntomas reveladores de la ludopatía, que se inicia con una preocupación creciente por el juego, cuya práctica cada vez más frecuente va exigiendo apuestas mayores. En ese punto, la abstención obligada provoca en el enfermo inquietud e irritación, que se calma cuando vuelve al juego intentando justificarlo como el medio de recuperarse de pérdidas sufridas.
Por lo común esto no ocurre. Entonces, se intenta disimular con falsedades la condición irresistible del impulso patológico. El proceso de deterioro entraña el riesgo extremo de que el enfermo cometa actos ilegales a fin de saldar sus deudas para poder seguir jugando.
El tratamiento de estos enfermos es viable, ya sea mediante terapias individuales o grupales, como las que se emplean en Jugadores Anónimos, que posee semejanza con las de los Alcohólicos Anónimos. Puede agregarse que la calificación de "vicio" a la ludopatía es frecuente aunque no apropiada, porque el término se carga de prejuicios que no corresponden cuando se trata de una enfermedad.
Como primera conclusión, puede señalarse el mal potencial que supone la facilitación creciente que hoy se observa para instalar lugares de juego, pequeños o grandes, cautivantes y abiertos, y la abundante publicidad de juegos de póquer por dinero que se puede ver en canales de cable. La compulsión al juego debe ser desalentada, dejando de atraer a quienes carecen de madurez y experiencia.
Pero también, como ya lo hemos señalado en estas columnas editoriales, ante el hecho evidente de que el crecimiento de la cantidad de jugadores compulsivos lleva al Estado a planificar nuevos centros y programas para atender a los ludópatas y apuntalar la prevención, sigue resultando incongruente que las autoridades nacionales, provinciales o municipales inviertan recursos económicos y humanos para prevenir y combatir la adicción al juego y, al mismo tiempo, amplíen en forma continua las oportunidades para alimentarla.

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